La desmesura del autohomenaje



La coproducción del héroe
Por Jesús Silva-Herzog Márquez

No puede negarse que la recaptura del criminal es un éxito importante del gobierno federal. Su fuga había sido una burla mundial, una humillación al gobierno que lo había aprisionado y que había permitido su escape. El éxito, sin embargo, no es otra cosa que la reparación de un daño que el propio gobierno se había provocado. Por supuesto que da gusto encontrar las llaves que uno mismo pierde pero difícilmente podría decirse que recuperarlas sea una hazaña. Curioso orgullo: la proeza de reparar el error propio. No puede olvidarse que el gobierno de Peña Nieto dejó escapar al criminal y que, hasta la fecha, sigue sin aclarar las complicidades que lo permitieron. Culpable de un error monumental, el gobierno que lo corrige declara: Misión cumplida.

El triunfalismo opaca el triunfo. El gobierno se desborda en su festejo. Más allá de la desmesura del autohomenaje, creo que los efectos de la celebración son contrarios a su propósito. El acierto es festejado como una victoria nacional y un éxito personal del Presidente. Fue él quien dio a conocer la noticia de la captura. No fueron las instancias directamente involucradas en la detención sino el Ejecutivo mismo quien lo hizo público para ser el receptor de los aplausos. El presidencialismo que Peña Nieto se ha empeñado en restaurar ha de concentrar todos los reconocimientos. Si el criminal vuelve a estar tras las rejas es gracias al Señorpresidente. Los halagadores no se percatan que el piropo conlleva una acusación: ¿si el criminal se fugó hace seis meses fue culpa del Señorpresidente?, ¿si hay otros prófugos, será por la incompetencia del Señorpresidente?

La canciller se dirigió a su jefe para decirle que nunca había estado tan orgullosa de él como ahora. Los diplomáticos que se reunían en la Ciudad de México no encontraron mejor forma de celebrar la captura que cantar el Himno Nacional, como si las calificaciones de los estudiantes mexicanos hubieran mejorado en las pruebas internacionales. Como si el país hubiera establecido finalmente el imperio de la ley, como si se diera castigo ejemplar a los corruptos. Algún diplomático estalló en grito: "¡Viva el Presidente Enrique Peña Nieto!". Algunos respondieron: "Viva". La captura de un criminal al que se le permitió la huida sirve a los aduladores para ensalzar al Presidente pero, en realidad, encumbra al bandido. El gobierno de Peña Nieto ha vuelto a esculpir el monumento a El Chapo. Al elegirlo como antagonista directo, la figura del jefe de Estado se empequeñece. Primero hicieron héroe al narcotraficante para sacudirse la responsabilidad de su fuga. Ahora lo hacen héroe para mejorar la imagen del Presidente.

El execrable reportaje de Sean Penn hace lo mismo: convierte a un criminal que ha provocado la muerte de miles de personas en un héroe encantador. Un empresario talentoso y pacífico que solamente se defiende de sus enemigos. Una víctima del capitalismo que ha sabido manipular su hipocresía para sobrevivir. Los muertos y las vidas destruidas no son responsabilidad del criminal sino de sus perseguidores y, desde luego, de esa entelequia desalmada que es el sistema. La superficialidad de las preguntas del actor no permite a su interlocutor decir nada interesante. Lo notable de este ejercicio de frivolidad es, por supuesto, la construcción del forajido como un héroe. No sé si la narración podría funcionar como libreto cinematográfico, pero como descripción de la realidad es simplemente aberrante. "Cualquiera que sea la maldad que se le atribuya (sic) a este hombre y su innegable sabiduría de calle, es también una persona humilde, un campesino cuya percepción de su sitio en el mundo ofrece una ventana al extraordinario enigma de la disparidad cultural". Un hombre tímido, atento y pacífico, un genio carismático, lo llama Sean Penn.

Defendiendo su polémica conversación con el Mayo Zambada, Julio Scherer dijo que si el diablo le concedía una entrevista, iría a los infiernos. Tendría sentido el descenso si fuera posible cuestionar realmente a Satanás y escapar de su censura. No hay mérito periodístico si el encuentro sirve para halagar la vanidad del poderoso y la valentía del periodista.

Las frivolidades de un actor fascinado por el poder terminan prestando servicios de imagen a un criminal. La misión se cumplirá cuando nadie -ni los políticos necesitados de hazaña ni los actores aburridos en Hollywood- rinda homenaje a los criminales.

Publicado por Jesús Silva-Herzog Márquez en el periódico Reforma el lunes 11 de enero de 2016  @reformacom
http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/



La rentabilidad de las fugas del 'Chapo'
Por Emilio Lezama

Un entusiasmo desmedido ha inundado al gobierno mexicano. A eso de las doce del día el presidente Peña Nieto anunció la recaptura de Joaquín Guzmán con la algarabía de quien ha logrado un hito que no creía posible. El asunto no es menor: el gobierno ha hecho un trabajo exhaustivo para lograr la recaptura de este criminal: sobre todo si se considera que para lograr recapturar a alguien primero hay que dejarlo escapar. En ese sentido el triunfalismo presidencial carga una fuerte dosis de cinismo. Nadie duda de la importancia de atrapar a los criminales, pero debe haber un límite al número de veces que se puede festejar el mismo triunfo. En ese sentido Peña Nieto ha roto paradigmas; se ha beneficiado dos veces de la captura de un mismo narcotraficante. El Presidente está a una sola recaptura del Chapo de poder presumir tres logros en su sexenio.

En su breve discurso en Palacio Nacional, el presidente Peña Nieto habló de manera escueta y autocongrulatoria. No especificó detalles de la operación de captura ni adelantó decisiones sobre el futuro que le depara al narcotraficante. En una de esas raras ocasiones en la que un presidente de México es el centro de atención mundial, Peña Nieto mostró el discurso anacrónico, rígido y acartonado que tanto lo ha caracterizado. En lugar de aprovechar la oportunidad para dar un mensaje trascendente sobre la lucha contra el narcotráfico y dirigirse también al público y gobierno estadounidenses sobre la responsabilidad compartida de la lucha, Peña Nieto lanzó un comunicado tímido y vacío. Acostumbrada al carisma del presidente Obama, la televisión americana no supo qué hacer con un discurso que no dijo nada: ante la confusión, mejor se fueron a corte. Aun en su momento de brillo, el presidente de México se mostró opaco.

Esta fue una oportunidad desperdiciada; una nueva constatación de esa visión cortoplacista y superficial de la política mexicana. La recaptura del Chapo no era el momento para autocongratulaciones, ni para refrendar el dudoso prestigio de las instituciones gubernamentales. Era un momento para aceptar los errores y asumir ante el mundo un liderazgo en el combate responsable al crimen organizado. Era la oportunidad de revertir una narrativa que se ha vuelto un lastre para el país: ante la imagen internacional de un país azotado por el crimen, transponer la imagen de un país que encabeza una lucha internacional contra él. En su lugar se privilegió la forma sin fondo: un discurso más que quedará perdido en los anales de la intrascendencia política.

Pero el discurso reveló mucho sobre cómo funciona el gobierno mexicano. En él, Peña Nieto señaló que las “instituciones han demostrado una vez más que los ciudadanos pueden confiar en ellas, que nuestras instituciones están a la altura, que tienen la fortaleza y determinación para cumplir cualquier misión que les sea encomendada”. De manera implícita el Presidente hacía un mea culpa. Si las instituciones están en capacidad de cumplir toda misión que les sea encomendada, entonces queda claro que este gobierno no les ha encomendado muchas misiones.

Hace unos días el New York Times acusó a Peña Nieto de no haber rendido cuentas en los tres escándalos de corrupción que han sido la insignia de su gobierno: Ayotzinapa, la casa blanca y la fuga del Chapo. La respuesta de Peña Nieto ha sido la captura del Chapo; pero la omisión en este caso revela más que la acción. Si nuestras instituciones pueden resolver misiones cuando se les encomienda, ¿por qué no han resuelto los otros dos casos? La recaptura de un criminal fugado es el equivalente policiaco a enmendar un error. ¿Por qué no hacer lo mismo con las investigaciones de Ayotzinapa y la casa blanca? En ese sentido, la recaptura del Chapo Guzmán no es un triunfo del gobierno sino una demostración de sus fracasos: su ”victoria” actual no sería posible sin la acumulación de sus derrotas anteriores.

Publicado por Emilio Lezama en El Universal, el domingo 10 de enero de 2016.

Posts les plus consultés de ce blog

Preguntas de rescate para un examen final

Preguntas de rescate para un examen final (segunda parte)

Reflexión